Marcela es bajita, delgada, con tetas y nalgas redonditas, paraditas, firmes y sin estrías. Ha de tener unos 25 años, pero reconozco ser muy malo para calcular edades, sobre todo en mujeres. De piel morena apioñonada y cabello teñido de rubio, sus facciones son hermosas. Su espléndida figura, ataviada con mini-vestido amarillo, resalta de entre las totonacas que suelen merodear en torno al Hotel Polly, en la esquina de Mina y Zaragoza, en la Warrior.
Soy bisexual, como habrá quedado claro para quienes leen mis posts, y al ver el espléndido culo de Marcela bajo aquel entallado vestido amarillo, tuve sentimientos encontrados: mi vertiente heterosexual experimentó una repentina excitación que hizo a mi pene despertar y ponerse firme. Pero mi vertiente gay se sintió un poco... ¿cómo diría? Agraviada, ultrajada, retada... Siempre he estado orgulloso de mi propio culo, hacia el que tantos hombres (muchos de ellos declaradamente heterosexuales, machistas y homofóbicos, incluso) se han sentido atraídos y dentro del cual he alojado a tantos penes que ya hasta la cuenta perdí. Pero el culo de Marcela superaba, con creces, al mío. Mi lado homosexual la contempló con envidia. "Si yo tuviera esa cola...", pensé.
Le pregunté cuánto cobraba. Me dio su tarifa más económica y los servicios que incluía: penetración vaginal, algunas caricias y algunos pocos minutos. El desnudo total, la penetración anal y el tiempo extra causaban también tarifa extra. En realidad no era tanta mi urgencia de sexo: acababa de salir de los Baños Regios, a una cuadra de allí, donde en el vapor general participé en un trío con un jovencito de unos 18 años, quien acabó "viniéndose" en mi paladar (supongo que era un chavo de ésos que acostumbran ingerir "comida saludable", porque su semen no sabía a nada), y un viejo como de 50 años, pero muy bien dotado, quien me ensartó su descomunal verga en mi ano y que hubiera regando mis intestinos de no ser por el condón que llevaba puesto. Al final terminé eyaculando mientras joven y viejo poseían mi cuerpo. De modo que, cuando pasé frente al "Polly", ha me hallaba sexualmente satisfecho y no necesitaba de más cogedera. Pero la curiosidad por ver a desnuda a la prosti fue más poderosa. Acepté. "¿Cómo te llamas?", inquirí. "Marcela", respondió.
Justo como esperaba, el culo de Marcela, ya sin falda ni calzón, era hermoso: amplio, turgente, sin estrías ni celulitis, liso como un globo y cuya piel era bastante más blanca que el rostro de su dueña. "¡Qué rica cola tienes, mamacita!", murmuré. "¿Me permites chupártelo?". Ella accedió. Comencé lamiendo sus hemisferios glúteos para, al final, con mis manos separar sus nalgas y hundir mi rostro entre las mismas. Varias personas me han hablado de la incertidumbre que precede a esa práctica, pues no dejan de preguntarse: "¿estará limpio? ¿Olerá?". Pero para entonces yo estaba ya muy excitado y me hubiera dado igual que el ano de Marcela estuviera limpio como un quirófano (como efectivamente ocurrió) a que se hallara atiborrado de caca: de igual manera hubiera introducido mi lengua en su hoyito, como hice aquella vez, mientras con mi dedo acariciaba su clítoris.
"¡Qué bien usas la lengua, manito!", dijo ella entre jadeos. Mi dedo abandonó su clítoris y se acercó más a su orificio vaginal: estaba húmedo. Para un bisexual como yo, quien jamás se las ha dado de "macho" ni de seductor, el conseguir humedecer a una mujer, profesional del sexo por añadidura, halagaba poderosamente mi vertiente heterosexual.
Me puse de pie, le di la vuelta y la miré: "¿quieres conocer a qué sabe tu culo?", le dije. Y, sin mayor preámbulo, la tomé del tallo y la besé en la boca, introduciéndole mi lengua. Ella no opuso resistencia.
Los conocedores de sexoservicio saben que no es usual el que una prostituta se deje besar en la boca. Lo hacen, sí, pero con clientes de mucha confianza, o bien a cambio de cuantiosas tarifas extras. Pero Marcela accedió a mis besos sucios sólo porque estaba excitada: la humedad de su vagina decía más que mil palabras.
"¿Me dejas regarte los ovarios?", le pregunté entre beso y beso. "¿Quée?", preguntó ella. "Sí, que si me dejas cogerte sin condón". "Ay, manito, no sé..." Besé sus pezones, chupé sus pechos. "Anda", insistí, "quiero preñarte". Ella no dijo nada.
La tumbé en la cama, boca arriba, le abrí las piernas e introduje mi verga, sin condón, en sus entrañas. Ella no protestó ni opuso resistencia alguna. Bombée mi verga en su vagina incesantemente, a veces sacándola completamente y volviéndola a introducir, lo que también inyectaba ciertas cantidades de aire en sus entrañas que, después, salían despedidas como una especie de "pedos vaginales". Yo estaba completamente loco de excitación y acabé eyaculando en sus entrañas. "Ojalá quedes embarazada", murmuré. "Chaaale, manito", dijo ella riendo, "eso no se va a poder".
Cuando terminamos, ya de pie y en proceso de vestirnos, me coloqué de espaldas ante ella y le pregunté: "Sinceramente, ¿qué opinas de mi cola?". Ella miró un rato y dijo, con simpatía. "Humm... está bonita, pero prefiero tu verga". Me empiné, abrí mis nalgas y le mostré mi ano (recién penetrado en el baño de vapor). "¿Y qué opinas de mi hoyo?", inquirí. Ella rió. "Pinche depravado", contestó, "has de ser puto, cabrón". Marcela, de cuerpo hermoso, resultó también adivina.
Por un mundo de putas.
