Siempre he tenido la fantasía de un "fisting" alojando la mano y parte del brazo de una mujer (¿por qué no de un hombre? No lo sé, fantasías sexuales que tiene uno desde años atrás) dentro de mi culo, pero siempre me había topado con un problema: mis esfínteres no son lo suficientemente elásticos como para permitir el paso de una mano entera. En los baños de vapor he conocido penes a cual más de monstruosos, quizá el más memorable ha sido el de un afro-descendiente, no sé si caribeño o venezolano, que tenía una verga ciertamente grande pero, muy principalmente, muy gruesa. No me costó trabajo seducirlo porque, en general, la gente de piel oscura tiene el complejo de la sexualidad vindicativa: si los blancos sojuzgaron, esclavizaron y se cogieron a nuestros antepasados, hoy yo tomo venganza cogiéndome al güerito. Y no tengo ningún inconveniente, al contrario, yo encantado. La enorme verga del negro consiguió entrar por mi culo. Pero jamás he conseguido que me metan la mano. Han resultado inútiles todos mis esfuerzos por ampliar mi orificio anal. De modo que abordé el problema desde otra perspectiva: en lugar de adaptar mi culo al tamaño de una mano, habría qué buscar una mano del tamaño de mi culo.
Buscando por el corredor sexual Revolución-Buenavista-Guerrero, di con Yesenia, una chava que trabaja cerca del hotel Polly: de unos 25 años, muy morena, delgadita, de aprox. 1.60 de estatura y con las manos bastante más pequeñas que las de sus colegas. Cuando tus requerimientos sexuales van más allá de lo convencional siempre es preferible hablar claramente con tu prospecto a pareja sexual, y más aún si éste o ésta son profesionales del sexo, y así no incurrir en el riesgo de perder tu dinero. Le dije claramente lo que esperaba de ella, que introdujera su mano lo más que pudiera en mi ano, excitándome lo suficiente como, para después, yo penetrarla y eyacular dentro de ella, con inevitable condón de por medio.
Para mi sorpresa, la chica aceptó, no sin alguna razonable modificación a su tarifa base. Me siento enormemente afortunado porque, tras largas conversaciones con gente como yo, me queda suficientemente claro que no es usual toparse con trabajadoras sexuales anuentes a este tipo de prácticas sin incrementar desmedidamente sus cuotas. Nuevamente atribuyo parte de mi suerte a mi color de piel blanca y a mi complexión más bien andrógina (si ves una foto mía, de espaldas, podrías confundirme con una niña güerita apenas desarrollada, aunque de nalgas redondas): quizá la chica pensó que se trataría de un trabajo parecido al hacerlo con una mujer.
Todo sexo anal requiere de la máxima higiene, y en eso siempre he sido extremadamente cuidadoso. Fue precisamente una trabajadora sexual la que, hace años, me enseñó las bases del lavado intestinal cuidadoso y, nunca mejor dicho, "meticuloso", con enema y polietilglicol. Más allá de una agradecible muestra de respeto hacia tu compañera sexual, se trata de una práctica que te otorga enorme confianza en ti mismo, la plena seguridad de que tu pareja sexual no percibirá olores ni sabores desagradables. No cabe duda: el mejor afrodisíaco es la higiene. Siempre que vayas a practicar el sexo anal, tu culo debe estar más limpio que un quirófano. Pero no basta con eso: si le dices a una trabajadora sexual que ya te lavaste el orificio rectal, ella, que no te conoce, tendría todo el derecho a dudar de tu palabra, de manera que, ya en el hotel, debes volver a lavarte el ano frente a ella, a modo de otorgarle la confianza suficiente como para desempeñar cómodamente su trabajo. Dije a Yesenia: "ya me lavé el culo, pero por respeto a ti, quiero que cheques cómo me lo vuelvo a lavar antes de que hagas tu trabajo". Y dio resultado, porque la chica pareció sentirse con mayor confianza ante mis "raras" prácticas sexuales.
Ambos nos desnudamos. Me enternecieron sus senos pequeños, pero de aureolas gigantes, como seguramente a ella le enterneció mi pene pequeño. Procedimos a acariciarnos un poco. Me sorprendió el que ella correspondiera a mis caricias, pues no es usual que una sexoservidora lo haga. Quizá le inspiró confianza mi trato respetuoso hacia ella o, tal vez, simplemente, ella también andaba "caliente". De hecho, aproximé mi rostro a su cara con la clara intención de besarla en la boca, esperando que ella apartara su boca de la mía como suelen hacer muchas sexoservidoras renuentes a ser besadas en la boca. Pero no fue así. Yesenia fue receptiva a mis besos, incluso cuando introduje mi lengua en su boca. Lo anterior me provocó una violenta excitación, con la que mi pene erecto acarició la cicatriz de cesárea que ostentaba en su vientre.
"Bueno, vamos a lo que vinimos", dije destapando un tubo de gel basado en agua y embadurnando abundantemente su mano derecha. Luego, procedí a colocarme sobre la cama en cuatro patas, levantando el culo y abriendo las nalgas.
"Qué bonito hoyito tienes", dijo ella riendo, "todo sonrosadito, como de bebé, ya quisiera yo tener uno así, pero el mío es todo prieto y feo". Pensé, entonces, que nadie está conforme con lo que la vida le ha dado, pues si a mí me hubieran dado a elegir, habría escogido ser de apariencia varonil, peludo, y con el culo negro como el infierno, en vez de ser un güerito lampiño con apariencia de niña. En eso pensaba yo cuando sentí algo húmedo e inusitadamente delicioso en mi ano.
"Creo que esto te gustará", dijo Yesenia acercando su boca a mi culo. Sentí entonces su lengua, húmeda y rasposa, acariciar mi bolsa testicular, mi zona perianal y, por último, abriéndose paso entre mis esfínteres, mientras su dueña, con su mano izquierda, jalaba mi pene. Fue el beso negro más delicioso que he recibido en mi vida. "Tienes la lengua muy larga", dije. "Sí, eso dice mi marido".
"Tengo curiosidad por conocer a qué sabe mi culo", le dije; "déjame besarte otra vez". Nos dimos un beso francés y paladée con deleite aquella lengua que segundos antes había explorado mis entrañas. Casi me "vengo", pero supe contenerme.
Volví a colocarme "en cuatro", abriendo las nalgas lo más que pude. "Ahora es cuando", le dije. Yesenia configuró su mano en forma de "pato" y lentamente fue introduciendo sus cinco dedos en mi cavidad anal. Pero ocurrió lo de siempre: al llegar a los nudillos, su mano quedó atorada. Mi culo no daba para más.
"Creo que no se va a poder", gemí con tristeza.
"Tranquilo, manito", respondió ella. "Yo sé de esas cosas".
Sacó su mano de mis entrañas y luego la volvió a introducir, repitiendo la operación una y otra vez, provocándome una sensación de infinito placer. A veces, dentro de mi culo, ella abría sus cinco dedos ensanchando aún más mis esfínteres, pero sin causarme dolor alguno. Y así estuvimos durante unos 20 minutos, hasta que me sentí completamente relajado. "A ver, vamos a intentarlo otra vez, ¿va?", dijo ella, volviendo a introducirme su mano en forma de "pato" hasta los nudillos, dejándola así durante unos segundos. "Tranquilo, manito, tranquilo", susurraba ella, "relájate, relájate". Su voz melodiosa me transmitía inmensa serenidad y confianza, relajándome aún más. Luego, intempestivamente, empujó con más fuerza. El dolor que experimenté fue indescriptible, pero con su mano izquierda Yesenia acarició mi espalda diciendo: "tranquilo, manito, tranquilo, ya entró toda, vamos a quedarnos así un rato hasta que te acostumbres, ¿ok?"
"¿Ya te sientes mejor?", inquirió Yesenia después de unos tres minutos. Respondí afirmativamente. "¿Ya ves que si se pudo? ¡Ahora ya tienes una mano completa dentro de ti!". Yo afirmé con la cabeza, aún atormentado por el dolor, pero a la vez deseoso de que su mano permaneciera en mis entrañas. "Quédate así", solicité.
"No, manito, debes relajar más el culo", respondió ella, "voy a sacar la mano y meterla otra vez, ¿ok?". Accedí. Yesenia sacó su mano de mi ano, y al pasar sus nudillos a través del mismo me provocó otro gran dolor... pero no tanto como al principio. "Ya no te dolió tanto, ¿verdad?", preguntó ella.
Tras algunos minutos, mis esfínteres se habían relajado lo suficiente como para permitir sin dificultad el paso de la mano de Yesenia hasta mi recto. Probamos, entonces, otra posición, yo con las piernas hacia arriba y ella sentada a mi lado. Volvió a introducirme la mano, esta vez casi sin dolor. "Vamos a probar más adentro, manito, si te duele me avisas de inmediato, ¿estás listo?". Asentí, y ella empujó más su antebrazo, introduciéndomelo hasta la mitad. Ambos vimos cómo se formaba un bulto en mi vientre. "¡Mira, manito!", dijo ella, festiva, "¡estás embarazado!"
"A ver, abre un poco la mano", solicité. Entonces el bulto en mi vientre cambió de forma, lo que acabó culminando mi excitación.
Eyaculé abundantemente sobre mi vientre hinchado, mientras Yesenia jalaba un poco mi pene para exprimirle su leche sagrada. Poco a poco, retiró su mano derecha de mi culo. "Felicidades, manito, lograste tu fantasía", dijo ella sonriendo.
"Espera, no te vayas", solicité, "deja que me reponga, quiero coger contigo".
"Sí, manito, pero ya sabes: hay qué pagar extra". "Lo entiendo, no te preocupes, contesté".
Ella fue al baño para lavarse la mano y el brazo en el lavabo, mientras yo me dirigí hacia el excusado: una mano en mis entrañas me había provocado enormes ganas de hacer pipí.
Yesenia y yo permanecimos tendidos en la cama paticando de nuestras respectivas vidas. Me informó que era casada y con una hija, y que su marido estaba plenamente al tanto, y completamente de acuerdo, con su trabajo sexual.
Tras unos 35 minutos volví a experimentar una erección y, tras colocarme el condón, procedí a abrir las piernas de Yesenia y a penetrarla vaginalmente. Duré bastante acometiéndola, lo que, supongo, la "prendió" bastante, pues gemía de placer. Quiero pensar que sus gemidos eran auténticos, pero confieso que aunque hubieran sido fingidos igual me habrían excitado. Eyaculé otra vez abundantemente.
"Gracias, Yesi, hiciste un gran trabajo", dije sentado en la cama mientras ella se vestía. "De nada, manito, y ya sabes dónde encontrarme cuando se te ofrezca", contestó. Tras pagar sus honorarios por su excelente servicio, me nació besarla nuevamente en la boca. Yesenia correspondió ampliamente a mi beso, siendo ella quien introdujo su lengua en mi boca. Fascinante mujer, pensé, que me ha penetrado con la lengua por el culo y por la boca.
Aquí finalizo, porque al escribir esto me he vuelto a sentir tan excitado que me veo en la necesidad de masturbarme. Pronto volveré con más reseñas de chicas callejeras pero, por lo pronto, recomiendo ampliamente los servicios de Yesi. Cuando la besen en la boca y sientan su lengua, piensen que la misma estuvo dentro de mi culo.
Por cierto, si alguien desea probar mi cuerpo de niña, estoy todos los martes en los baños Regios, en la calle de Mina, en la Guerrero. Si ven a un sujeto güerito, con aspecto andrógino y de culo redondito, ni pidan permiso: sólo metan mano o, de plano, métanme la verga con confianza. Con las sexoservidoras podré ser bien macho, pero en el vapor soy una perra.
Por un mundo de putas.
La santurrona que escribio 50 sombras de gray se queda pendeja al lado de estas historias.
